San Agustín tuvo la experiencia de buscar la felicidad por todos lados,
y todo fue en vano.
Un día descubrió que él estaba habitado por Dios mismo
y se sintió indigno.
Angosta es la casa de mi alma para que vengas a ella:
sea ensanchada por Ti.
Ruinosa está: repárala.
Hay en ella cosas que ofenden tus ojos:
lo confieso y lo sé;
pero ¿quién la limpiará o a quién otro clamaré fuera de Ti?
Tú lo sabes, Señor.
No quiero contender en juicio contigo,
que eres la verdad,
y no quiero engañarme a mí mismo,
para que no se engañe a sí misma mi iniquidad.
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