martes, 24 de marzo de 2009

Rescatando - Historia Interesante

Tal vez, rescatando cosas q he escrito o leído, estoy buscando rescatarME, encontrar en q punto parte de mi vida se ha pérdido.
Ha sido conmovedor, especial y único descubrir como la vida se va transformando sin q, muchas veces, te des cuenta;
y las palabras, q no se las lleva el viento, logran evocar en mi memoria, q caminar hacia la meta ha valido la pena, q he alcanzado y logrado atravesar camino y q esos triunfos son míos (como me deCía mi aMigo);
Las palabras logran recordarme q vivir no ha sido fácil, nadie dijo q lo sería, pero lo q si me han dicho (una y otra vez) es q tengo esperanza, q siga, q continue,,, y no sólo las palabras o letras me lo recuerdan sino quienes tengo cerca, esos
amig@s especiales y únicos q siguen allí a pesar de mí, a pesar q me sienta sin fuerzas para continuar, q me sienta pérdida y sin rumbo... Me confirman q Jesús y Dios son mi única realidad...
Gracias, gracias a tod@s, quisiera nombrarlos, pero podría "pecar" por omisión...

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Este es el primer precepto de la amistad:
Pedir a los amigos sólo lo honesto,
y sólo lo honesto hacer por ellos.
Marco Tulio Cicerón
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En cierta isla del Pacífico Sur, los aldeanos practican una extraña forma de tala de árboles. Si un árbol es demasiado alto y grande para derribarlo con un hacha, los nativos lo tumban gritándole. Leñadores con poderes especiales se paran frente al árbol al amanecer y le gritan con todas sus fuerzas. Continúan así por días, hasta que el árbol finalmente cae. La teoría detrás de este ritual, es que los gritos matan el espíritu del árbol.

"Pobres nativos inocentes!", pensamos nosotros. "Qué pintorescos y primitivos hábitos conservan!" Gritar a los árboles... qué ridículo! Habrá que comprenderlos, porque ellos no tienen las ventajas de la vida moderna, toda nuestra tecnología y nuestra educación.
 
Nosotros, en cambio, le gritamos al teléfono y a la cortadora de césped cuando no funcionan. Le gritamos al periódico cuando nos disgustamos con aquello que leemos. Mi vecino le grita mucho a su automóvil. Y últimamente escucho que le grita al perro toda la tarde. Somos modernos, educados y urbanos: le gritamos al tráfico, a los árbitros, a las cuentas, a los bancos, a la conexión a Internet y a los electrodomésticos. Desde luego, también le gritamos ocasionalmente a nuestros hijos, a nuestros colegas y a algún desconocido que se cruza en nuestro camino.

Gritamos, pero no sabemos para qué. Hemos hecho del grito (y del callar a los demás) una forma de "comunicación" habitual. Cuando gritamos, las cosas siguen allí, intactas, mudas. ¿Y las personas? Los nativos de aquella isla tal vez tenían razón...
 
Gritar a las cosas vivas tiende a matar su espíritu.
Las piedras pueden romper nuestros huesos,
pero las palabras rompen nuestro corazón.
Las palabras no se las lleva el viento, las palabras dejan huella,
tienen poder e influyen, positiva o negativamente...

2 comentarios:

David López-Cepero dijo...

Que buena historia... Me has hecho reír, a la vez que reconozco que encierra una enseñanza muy interesante... Por lo pronto, intento no gritarle al teléfono, ja, ja...

Bromas aparte, es un consejo muy a tener en cuenta. Saludos

Diana Lorena dijo...

también:
gracias a ti por visitar!!

Abrazos!